Nuestro viaje hacia el oeste no tuvo demasiados contratiempos, aunque el Corolla resultó un encierro demasiado pequeño para la envergadura de Bee y los dolores de espalda de Sam, con los que debió apechugar todo el periplo que casi abortamos por esa causa en la mañana del segundo día, aunque al final le compramos una almohadita y unos calmantes y decidimos continuar. Con esos dolores de espalda, casi todo el manejo estuvo a cargo de Bee y quien escribe estas líneas, pues Mota nada que ver con lo sincrónico. Siempre se dice que gallinas encerradas en espacios reducidos terminan picoteándose a muerte, pero aunque pasamos largas horas oliéndonos los sudores, los talcos y los perfumes, terminamos afianzando nuestra amistad como nunca nos lo hubiéramos podido imaginar. La peor discusión tuvo lugar en un motelucho de Albuquerque, donde Mota y yo nos halamos las mechas sobre si FAX era una palabra válida o no, y la partida de Scrabble terminó no muy civilizadamente (F son cuatro puntos, y X ocho, ojo...). Más tarde el motelucho se convirtió en una referencia obligada en nuestros intercambios epistolares electrónicos, nos preguntábamos si todavía seguiría en el descansillo del primer piso el cepillo de dientes rosado, como muestra de una dejadez y una pobreza sintomática de la región. Las casitas de adobe y Georgia O'Keefe derrotadas por las planchas de concreto prefabricadas y las camas mercenarias de dudosa limpieza.
En Amarillo, Texas, nos detuvimos en el Cadillac Ranch, una brillante idea de no sé qué artista contemporáneo consistente en clavar en la tierra, preparada para sembrar hortalizas, una fila de Cadillacs enhiestos y protuberantes, como monstruosas erecciones. Alguien había dejado una serie de latas de spray de pintura . Me monté en uno de los carros y empecé a escribir en letras de molde ``SIMON''. Mota, con muchos años de semiótica encima, captó el momento y me dejó tomar la iniciativa, buscando y pasándome otras latas a medida que la que yo empuñaba se iba agotando, en una posición subordinada inusual en su característico - y justificado - liderazgo intelectual. Al final todos posamos junto a la leyenda: ``SIMON BOLIVAR LIVES''.
Lo de Mota y Bee era intenso, cualquiera podía darse cuenta del cariño en pequeñas cosas como la manera en que Mota, gabinete de medicinas ambulante siempre listo, le ponía gotas en el oído a Bee cuando le dio aquella otitis recién llegados a California, cómo le chequeaba los ganglios y de paso se los autochequeaba. Siempre andaban a vueltas con los ganglios. Quizás desde entonces sospechaban que algo no andaba bien. En San Francisco tuvieron su pequeño rollo cuando Bee pasó el día con Dana, amistad forjada un par de semestres antes en Caracas, en el marco de un congreso científico panamericano. Los que quedábamos fuimos a ver al San Francisco Mime Group representando una obra en Delores Park, en el distrito Mission, un montaje políticamente correcto, apto para oligofrénicos, con palestinos y judíos y palomas de la paz. Por todas partes aquellos cuerpazos, de una audiencia muy sui generis, exhibidos al sol en perfecta armonía; una especie de picnic multitudinario, con frisbees y animales. La pipa de la paz se fumó al día siguiente en Le Cheval, un restaurante vietnamita memorable, donde la mezcla de vegetales frescos y carnes asadas a fuego vivo, y los sabores del maní, el coco y el cilantro nos redimieron y nos hermanaron con el lejano trópico natal. Las abundantes cervezas Singha, protagónicas también en la novela de Seth, tuvieron algo que ver, supongo. Al final, salimos dando traspiés hacia el Jack London Square, eructando a la salud del narrador de las regiones boreales.
Alternamos las salidas de a cuatro y por parejas, pues cada quién tenía interés en descubrir pasados, develar experiencias ajenas, asimilar hitos y circunstancias. Sam y yo peregrinamos por Telegraph Avenue, repleta de todos los clichés bohemios, los cafés, los personajes estrafalarios (conversamos con el Hate Man, curioso transvestista que se negaba a dirigirte la palabra a menos que empezaras la conversación con la frase ``I hate you''), y las librerías. Comimos sandwiches de pastrami en la cafetería estudiantil y visitamos el campus, el jardín de rosas, las calles que no había pensado en pisar nuevamente, y los fantasmas de cinco años invertidos en crecer y en terminar un doctorado. Y mientras, en Palo Alto, Mota y Bee en algo parecido. En la obligada visita a Cody's, compré otro ejemplar de ``The Golden Gate'', éste incluía una acordeón de postales, cada una con una vista del puente y unos versos del índice del libro.
El regreso a la estepa desolada de New Jersey no fue fácil, sobre todo después de la partida de Mota y Bee. Al principio nos quedó su presencia en los ábumes que montamos con los cientos de fotos de los cuatro posando en el Cañón del Colorado o en los Grand Tetons, o en Yellowstone; los mapas de carreteras, el plan de viaje de Triple A, las postales y las mil idioteces que uno compra en las trampas para turistas. No podíamos ver una película de Bogart sin pensar en el bosque petrificado, y cada episodio de Seinfeld nos retrotraía a algún sketch parecido protagonizado dentro del Corolla durante el viaje. Pero poco a poco tuvimos que acostumbrarnos a nuestro papel de pareja de náufragos solos en la inmensidad de la planicie neojerseyana y sus autopistas. Sam volvió a sus libros y sus depresiones y yo a las mías. Traté de buscar más cosas de Vikram Seth, y sólo pude encontrar en una librería de remates y libros usados un ejemplar de ``From Heaven Lake'', un libro de viajes rematado en \$ 2.95, edición en rústica de Vintage Books (1987; la primera edición está fechada en 1983), que en ese momento no leí y dejé languidecer en una estantería por mucho tiempo. De hecho, sólo después de transitar la mudanza de Edison a Maracaibo, lo pude leer de un envión durante un fin de semana largo. Un libro atrapante: relata el viaje del autor, para la época (1981) estudiante de Stanford pero de visita en la universidad de Nanjing (China), desde ese lugar hasta Delhi via Tibet y Nepal. Varios miles de millas, a juzgar por el mapa incluído. Seth, nacido en Calcuta pero con un dominio perfecto del idioma chino y vestido con los clásicos pantalones, chaqueta y cachucha azules, que a veces lo hacían pasar por chino, observador y persuasivo, hizo amistades y llegó a su destino a través de mal tiempo, malas o no existentes carreteras, camiones anticuados y obstáculos burocráticos en un relato difícil de dejar, elegante y revelador, absolutamente delicioso.
Nuestro viaje empalidecía frente a la odisea de Seth, aunque también a nosotros nos marcó indeleblemente nuestro largo recorrido de turismo y descubrimientos. Volvimos a vernos varias veces durante los dos años siguientes, casi siempre en nuestro exilio de Edison, llenos de tranquilidad y con la disponibilidad de la biblioteca de Rutgers y el prime rib del restaurante Charlie Brown. Algunas noches salíamos a la aireada veranda del apartamento, sendos vasos de ron añejo en nuestras manos, para repasar el álbum de fotos o intercambiar reminiscencias, el picante del lugarcito perdido en algún lugar de New Mexico, o el episodio en el automercado, cuando Mota se puso a inspeccionar una torre de termos de plástico y de pronto se tuvo que abrazar a la torre y pedirle ayuda a Bee porque todo se le venía encima, y al final ni siquiera entre todos pudimos evitar el derrumbe de aquel Babel plástico, entre cuyos restos esparcidos nos tomamos una foto junto a los empleados del automercado, tan muertos de la risa como nosotros. Mota y Sam se convirtieron en frecuentes intercambiadores de mensajes electrónicos; yo participaba con menos intensidad, siempre añadiendo un comentario o una cita a los textos de Sam, pero bidireccionalmente Mota y yo fuimos muy parcos, al contrario de Bee, con quien todos mantuvimos un intenso volumen de correspondencia electrónica y de papel (a ésta última la llaman los usuarios veteranos de Internet snail-mail) cuando se fue a Houston de postgrado. Sam conserva varios mensajes de ambos, algunos profundísimos y literarios, otros perfectamente jocosos y superficiales. En uno de aquellos Mota se lamentaba de no poder comunicarse conmigo al mismo nivel con que lo hacía con Sam. Yo era, de acuerdo a su análisis, un personaje sumamente Kunderiano, cosa que no he conseguido descifrar, por más que le doy vueltas a la insoportable levedad de mi ser.
Hacia 1991 le perdimos un poco la pista a la otra pareja, en parte por las nuevas obligaciones de Mota en Maracaibo, y en parte porque sus vacaciones preferían pasarlas en Houston. Siguieron las tarjetas postales, las llamadas telefónicas y los mensajes electrónicos, pero no volvimos a vernos. En Diciembre del '92 hicimos las maletas definitivas de regreso, con la intención de ser arrullados por la viva diana de la brisa en el palmar, o al menos por el relámpago del Catatumbo y el calor perpetuo de Maracaibo. Tras la culminación de los estudios de Sam no había nada que nos atara a la estepa neojerseyena, quizás a lo sumo echaríamos de menos la estación de Jazz WBGO y los helados del Corner Confectionary. Un poco antes de partir habíamos recibido reportes alarmantes de terceros sobre la salud de Mota, y el contacto telefónico, una vez fuera del hospital, no nos tranquilizó, pues su voz sonaba alterada, carrasposa. Nos dijo que iba a terminar su convalecencia en Texas: había pedido un permiso en la empresa y acompañaría a Bee haciendo de factotum.
Nuestra adaptación de regreso a la realidad tropical tampoco fue fácil, que si la falta de agua, los cortes del teléfono y la demora de la universidad en pagarle a Sam. Gastábamos una pequeña fortuna en el New York Times de los domingos, que predeciblemente nos resultaba tan necesario como el queso de mano y los batidos de guanábana. Los lunes en la noche nos arrancábamos los cuerpos del periódico de las manos; Sam iba directamente a la sección de Arts and Leisure, yo al Book Review. Leyendo uno de esos me enteré de que Seth había publicado un nuevo libro, una novela gigantesca en la que había invertido ocho años, y que se perfilaba como un best seller no sólo en su nativa India, sino en el Reino Unido y Norteamérica. Sam me trajo el libro a los pocos meses al regreso de una conferencia en Seattle. De título ``A suitable boy'' (``Un muchacho adecuado'', título que debía completarse como ``...adecuado para casarse con mi hija''), un extenso volumen de más de mil trescientas páginas donde se detallaban los ires y venires de cuatro familias en la India recién independizada de los años cincuenta, lleno de detalles de la vida diaria que Sam y yo habíamos aprendido a reconocer con ayuda de los numerosos estudiantes hindúes en la universidad de Rutgers y los restaurantes de los alrededores donde se podían saborear los Sada Dosai del sur del continente, o los fuertes Vindaloo de Goa o el pollo Tikka Masala del norte.
A comienzos de Agosto del '93 recibimos una llamada urgente de Bee. La debilidad de Mota, nos decía, se había agudizado. No aguantaba el calor estival de Houston y había perdido el apetito. Prefería regresarse ya y quizás pasarse una temporada alternando entre la casa de los papás en Caracas y la de la hermana en San Antonio de los Altos. El frío le haría bien. Bee nos suplicó que fuéramos aeropuerto, ni la familia sabía del retorno prematuro, y no debíamos asustarnos. Nos temimos lo peor, y así fue. Lo que encontramos fue devastador, espectral: una chaquetica, una franela y unos blue jeans arrugados, tirados en una silla. Sólo que la silla eran sus huesos, lo que quedaba de su cuerpo corroído por el mal. Puro marco. Arrastraba patéticamente una maletica semivacía y cargaba el morral azul, también prácticamente vacío, que Sam le regalara años atrás. Renqueaba de una pierna y se le caía la quijada en un rictus de pez boqueante, síntomas claros de un deterioro neurológico avanzado.
``Un muchacho adecuado'' debió significar una gran decepción para Seth, despreciado por el jurado del premio Booker. Jeremy Hardy, presidente del grupo W. H. Smith dio unas declaraciones en su defensa, señalando que en lugar de subrayar los ocho años que le tomó al autor terminar su obra, comprensible al ver su longitud, se debía alabar el enorme rango temático de la historia. Muy distintas fueron las apreciaciones de Lord Gowrie, quien explicó por qué él y los demás miembros del jurado del premio Booker no lo pusieron ni siquiera de finalista. ``La cruda realidad es que está inconcluso, como una buena película que no ha sido editada. No quiero decir longitud. Todos los fragmentos malos están incluídos y los buenos están excluídos''. (Uno se pregunta a qué pedazos buenos, que no están, se refiere milord)
Avisamos a la familia en Caracas desde la sala de emergencia del hospital.
Anthony Cheetham, presidente de Orion, la casa editora de Seth en Inglaterra, opinó duramente en contra de las deliberaciones en torno al premio Booker. ``Cualquier jurado debería ser capaz de tomar una decisión [favorable a Vikram]; creo que son una pandilla de bolsas.'' El libro tampoco se ganó el premio Whitebread, a pesar de haber vendido más de 105.000 ejemplares, según decía el Guardian de la semana en que internamos a Mota. Por esas fechas empezó a salir la edición de bolsillo, tan ladrillo como la original pero blando.
La tarde del jueves siguiente a su llegada, ya mudado a una habitación privada, se sintió mejor en el hospital. Tubos transparentes le entraban y salían por todos lados, sin afectar su lucidez. La chispa presente, como en los mejores tiempos. Me preguntó qué estaba leyendo en ese momento, y le hablé del mamotreto que recién Sam me había traído, pero no podía acordarme del autor, el mismo de la novela en sonetos. ``Vikram Seth...'', me dijo, con todo y tubos, y supe en ese momento que aquel regalo de Navidad le había gustado, y que su memoria funcionaba todavía para algunas áreas recónditas y más preciadas, como la literatura. Luego inquirió sobre la telenovela de las nueve, y le expuse con lujo de detalles las andanzas de los narcos, la maestrica, los malandros y el médico inescrupuloso, cómo el interés se mantenía a pesar de los cambios arborescentes de tramas y subtramas, y en eso estuvimos, y en tratar de dar unos pasitos por la habitación para desentumecerse, con el tinglado de tubos adosado al esqueleto, arrastrando las pantuflas cansinamente.
El deterioro de Mota se precipitó rápidamente mientras estuvo un par de días en su apartamento tras ser ``dado de alta'', según el eufemismo del hospital para estos casos terminales. El habla se le volvió unas series de balbuceos y susurros incoherentes, y se fue adueñando de su cuerpo una extraña rigidez. Cuando los llevamos a todos al aeropuerto, para tomar el avión que los llevaría a Caracas, no había forma de que se doblara para sentarse en el Corolla, el mismo donde cuatro años atrás recorriéramos el continente norteamericano. En retrospectiva, nos pareció un milagro su viaje a solas desde Houston un par de semanas antes. En el aeropuerto nos esperaban con una silla de ruedas. Tampoco fue fácil su acomodo en la fulana silla, con aquel desorden neural en brazos y piernas. Tras los lentes, ahora agigantados por la magrura del rostro, los ojos conservaban su motilidad y poder de comunicación. Nos miró cuando desaparecía lentamente de nuestra vista por el tubo de acceso al avión. Nuestro llanto acompañó ese último desfile de la silla de ruedas, a sabiendas de que no nos volveríamos a ver más.
Finalmente Vikram Seth ganó el premio W. H. Smith, dotado con 10.000 libras esterlinas, por su novela de 700.000 palabras, la historia de cuatro familias y los intentos de una madre por encontrarle marido a su hija.